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Por Héctor Rodríguez
LAS COSAS POR SU NOMBRE
Por estos días, a partir del sonado caso Nisman, no hubo periodista que no hiciera hincapié en afirmar que el ataque a la AMIA, en 1994, fue “el más grave atentado de toda la historia argentina”. Lamento no coincidir. Sencillamente porque eso no es cierto. El más grave y trágico atentado terrorista en nuestro país, y en tiempos de paz, se produjo el tenebroso jueves 16 de junio de 1955 sobre la Plaza de Mayo, la Casa Rosada y otros puntos de Buenos Aires, provocado por sus propias fuerzas armadas —en especial la Aviación Naval y la Aeronáutica —, que arrojaron una docena de toneladas de bombas sobre la población civil indefensa y sorprendida.
Aquella barbarie que no tiene precedentes en la historia mundial, cocinada a fuego lento por militares golpistas y “comandos civiles”, dejó el impresionante saldo de más de 300 muertos y cerca de un millar de heridos y mutilados, instalando el terror indiscriminado como escarmiento en la ciudadanía, con el apoyo de la Iglesia y su oprobioso “Cristo Vence”. Tres meses más tarde los criminales conseguirían su objetivo: voltear al gobierno constitucional y con fusilamientos clandestinos a la orden del día. Fue la palmaria antesala del Terrorismo de Estado.
La historia oficial se ocupa entre poco y nada de estos crímenes aún hoy impunes —al igual que en la AMIA—, a pesar de conocerse los nombres de sus autores e instigadores. Memoria, Verdad y Justicia. Y llamar a las cosas por su nombre, aunque duela.
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